19.12.07


Un tour por Mendoza y Chile

Yo hace rato que sentía que iba a reventar. En realidad, interiormente guardo y guardo momentos, gestos de otros, vivencias y eso de alguna forma me hacía sentir que yo no era fuerte, podía ser valiente para algunas cosas, pero fuerza no tenía, me sentía cada día más vulnerable. Pese a esto, tuve la intención de viajar.

Intenté cruzar la cordillera para conocer Mendoza. En invierno no logré viajar, la nieve impidió que atravesara el paso Los Libertadores, tuve que devolverme con la mochila, con el pasaje, con los pesos, eso no me agradó nada, pero sabía que podría volver a intentarlo. Pasaron unas semanas o meses, no me acuerdo y me contaron de un Congreso para Bibliotecarios que se realizaría en la Universidad de Cuyo. Inmediatamente decidí ir. Volví a preparar todo, compré el pasaje y mi padre, extrañamente, se ofreció para ir a dejarme al Terminal.

El viaje comenzó y yo me sentía muy feliz, contenta. Estaba sola, a ratos leía, luego tomé desayuno, más tarde me dediqué a mirar la nieve. Cruzar me fue agradable, tenía que tener mil ojos, porque sabía que viajar sola no es muy común, menos siendo mujer.

Cuando llegué no sabía donde ir. Tenía un billete de cien pesos, era mucha plata como para pagar un taxi, tuve que entrar a un negocio. Allí vi a las primeras argentinas, conversando de cualquier cosa trivial. Lo que menos importaba era mi presencia, elegí con calma una polera negra, remera para ellos, la cual me gustó mucho, salí con muchos billetes y centavos en mi bolsillo. Así pude tomar un auto. Todo era desconocido para mí, tomar un auto, ver gitanos, vi a un tipo con dientes de oro, eso ya no es tan habitual, quizás cuando muera alguien lo va a visitar.

Le pedí al taxista que me llevara al hotel Galicia, ubicado en la calle San Juan con Allé, al frente hay una plaza que se llama Pellegrini, algo así recuerdo.

El calor era infernal, mi mochila pesaba y cuando llegué al hotel, éste estaba lleno, pregunté alguna nueva indicación y una señora me envió a la Casa del maestro.

Podría haber coordinado mi estadía de una forma más estructurada, pero no es mi estilo, no me importa lo seguro. La Casa del maestro era una especie de residencial, en donde habían distintas actividades, como ópera, y también Yoga o algo oriental, masajistas, no sé, algo así. Me alojé allí y busqué mi habitación, tomé un par de cosas y salí a la calle, pregunté por donde ir al centro, lo que me proponía se me hacía fácil, caminé buscando lo que me agrada, llegué a los kioscos y pedí una revista que me gusta mucho, “Ñ”, es una revista literaria, de muy bajo costo, y eso para mí era buenísimo, compré tres, me fui a tomar un jugo de naranja y leí durante tres horas.

Pasadas las horas, me dispuse a caminar, di vueltas por las principales calles del centro, conversé con algunas personas, siempre he tenido facilidad para hablar con desconocidos, había un calor increíble, seco, pero la gente andaba en la calle, Mendoza es una ciudad bulliciosa, algo así como todos contra todos, pero sin violencia.


1 comentario:

Hipoceronte dijo...

Sigue, se pone gueno!!